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La coincidencia planeada más bonita de la historia.

Serendipity (2001): John Cusack & Kate Beckinsale.

Desde que el hombre es hombre y a veces piensa, ciertas cuestiones trascendentales le persiguen día y noche. La bonita paradoja de “La incertidumbre y la seguridad”. La incertidumbre eterna al tener la seguridad de que nunca encontrarás respuesta a esas preguntas.

A pesar de ello somos tercos. Nos empecinamos en darle vueltas al asunto. Formulamos teorías, razonamos, argumentamos, discutimos, gritamos y debatimos, aún a sabiendas de que cuando la conversación termine, ninguna de las partes podrá marchar a casa satisfecha por haber salido victoriosa del encuentro.

Esto empeora cuando eres un hombre o una mujer de ciencia. Yo lo soy. Casi siempre. La mayor parte del tiempo y, la verdad, aún no tengo muy claro porqué. Cuando lo pienso detenidamente, creo que siempre me ha traído más problemas que beneficios. Hablo de ser hombre de ciencia y de ser de aquellos dados a lo trascendental e inexplicable.

Por ello, me encantan las causas y sus consecuencias. Disfruto desentrañando un proceso o tratando de predecir un caso a partir de sus antecedentes. Y es que la lógica guía y estructura. Ella te explica cómo ocurre, a qué se debe y cuál es el efecto que tendrá a su alrededor. Esto se aplica incluso a fenómenos complejos para un ser humano promedio como puede ser el funcionamiento bioquímico de cada célula de nuestro maravilloso cerebro. Es decir, a pesar de su complejidad, existen teorías e hipótesis que lo explican, ahora bien, que tú lo entiendas o no, ya es otro tema.

El caso es que no ocurre lo mismo con la muerte, por ejemplo.

Si vamos a una buena biblioteca, a una de esas que hacen falta escaleras corredizas para acceder a todos sus libros, podremos encontrar centenares de ejemplares dedicados única y exclusivamente a enfermedades y otras formas de perder la vida.

También podríamos leer millones de libros dedicados a la respuesta emocional y afectiva del ser humano en reacción a la muerte de un familiar o ser querido. Duelo lo llaman. Después, la biología y la medicina nos explicarían cómo y porqué se descompone un cuerpo cuando su corazón deja de latir. Ahora bien, en ninguno de ellos encontrarás ni un solo epígrafe donde diga: El ser humano después de la muerte o Cuando el cuerpo deja de ser un cuerpo y el alma empieza a ser sólo eso, alma.

Admitámoslo! Eso sí nos interesa. ¿Qué ocurre cuando morimos? ¿Vamos al cielo? Yo iré al infierno. ¿Verdaderamente nos reencarnamos? Ojalá. ¿O simplemente todo termina fundiéndose a negro como cuando apagabas una de aquellas televisiones antiguas con el culo gordo?

Pues la verdad es que no lo sé y tampoco me importa. Esa precisamente no es una cuestión que me quite el sueño. No me emociona pensar en la posibilidad de encontrar respuesta a todas esas preguntas. Trato de vivir de lo que se me ofrece para que cada segundo cuente y así, si algún día saco números, tendré la seguridad de que no me quedaron cartuchos por disparar. Está de moda pensar así y yo, honestamente, soy muy de modas.

Ese era otro tema. Igual que lo es el de el curso de los acontecimientos. Ahí ya dudo. Vacilo. Y no estoy seguro. Sí, me preocupa. No es una preocupación angustiosa, que cause tristeza. Es una preocupación inquieta. Un run-run, pero no como el que cantaba Rosario Flores, sino de esos que no te quitas de la cabeza. En días difíciles toman fuerza, en los tristes te agarran de la garganta y te aprietan el corazón y en los más felices tan solo te acompañan en busca de aquellas imposibles respuestas bajo un sol alentador.

En una canción oigo: “They say it’s what you make. I say it’s up to fate | Dicen que es lo que tú hagas. Yo digo que depende del destino”. Ese es el intríngulis. Pero no puedo. Os juro que lo intento, pero no puedo. Le doy vueltas al asunto. Más de las que mi abuela le da al Puchero. Y todas las veces llego al mismo punto: contradicción y conflicto.

A la pregunta: ¿existe el destino o cuanto te sucede es fruto de una cadena de decisiones?, yo respondo con firmeza: no lo sé.

Mi “yo científico” se niega a creerlo. Me mataría -o al menos a él sí lo haría- saber que no importa cuanto decidas, cuanto desees o cuanto luches por conseguir algo si todo esta escrito e intentes lo que intentes, volverás al punto asignado. Esta postura me resta papel, me resta protagonismo en la historia, en mi historia. Igual que con las modas, yo siempre he sido de papeles protagonistas, nada de secundarios. Y eso es completamente pasivo e inútil. Romántico pero completamente inútil. ¡Qué más da que trabajes duro por conseguir tu objetivo! “Si es para ti, lo tendrás. Si no lo consigues, es que no estaba destinado a ti”. ¡Venga ya hombre! Pero esto, ¿qué es? No. No es posible y no puede serlo.

Ahora bien, mi retorcida y amada mente adentrada en plena crisis existencial es muy clásica. Y muy romántica. De café, cigarrillos y tropiezos a los pies de la escalera de esas maravillosas bibliotecas. Le gusta mucho buscar miradas extrañas desde el otro lado del paso de peatones. También se acuerda de fechas, y coincidencias, y de fechas que coinciden con miradas… de sin-sentidos, vamos.

Entonces, cuando más necesito creer que soy yo quien decido hacia dónde se dirige mi vida, más me emociona pensar en la grandiosidad de un “tu y yo” en un mismo tiempo y espacio. De pensar en un “tu y yo” aquella vez y no otra. De pensar en “nosotros” y no en otros. Me excita no saber porqué. Me inquieta creer que, de los 7000 millones de personas que viven en la Tierra, aquella tarde sólo tropezaste conmigo. Sólo viste mis ojos. Y yo sólo vi los tuyos.

Y ahora, aunque sé que nunca encontraré respuesta a semejante pregunta, tan sólo busco el modo de encadenar decisiones que me devuelvan a ti en forma de la coincidencia planeada más bonita de la historia.

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"De todo aquello de lo que no hablas. De todo aquello que no cuentas por no entrar en sentimentalismos". A.M.

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