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La felicidad cuando anochece.

 

“¿Si mañana será el mejor día de mi vida? No lo sé. ¿Que mañana vuelve a salir el sol? eso seguro.” (A.M., 1991)
 

“La verdadera felicidad se encuentra en la antesala de la felicidad”… O algo así me dijo un buen amigo una vez.


Lo cierto es que aquel día no llegué a comprender muy bien lo que pretendía decir así que decidí obviar un comentario tan profundo y seguir adelante con un día de lo más normal. Esos son los grandes sabios. Aquellos que son capaces de plantar en tu cabeza una pequeña semilla de reflexión que florecerá en el momento más adecuado, cuando las condiciones lo permitan.

Ahora me atrevería a decir que entiendo que quería expresar con aquella frase. Unos diréis: “oye, pues no era tan complicado…”, y yo contestaré “oye, pues no sería mi día”. 

En unos días se cumplirá un año desde que decidí embarcarme en la aventura que había marcado, en gran parte, mi trayectoria en la vida. Nunca supe que sería en ese momento ni de ese modo. Tan sólo sabía que era ese el puerto hasta el que debía navegar.

Crecí queriendo volar y surcar los mares de mis cuentos. Quería una historia más grande para mí que la que me había tocado. Esa era fantástica, acogedora y segura pero a mi me atraían más las turbulencias y los fuertes vientos de los libros de aventuras. Hasta que un día, no recuerdo cuál, en una película escuché: “supe que debía marchar cuando, al mirar alrededor, no había nada que me empujara a llegar más alto”. En ese instante mi corazón se soltó del velcro que lo mantiene erguido y cayó escaleras abajo rodando como si de una pelota de pin-pon se tratase.

¡Qué verdad más verdadera! 
 “Chico, es momento de hacer las maletas y empezar a correr“, me dije.

Los meses y los años pasaban y allí seguí.
¡Iluso!, pensé.
Aún faltaba un poco.

Así de repente, cuando ya casi no me acordaba, un día me vi a mi mismo dando la espalda a toda esa historia de seguridad y tranquilidad y montándome en un tren repleto de magia.

Aquel viaje en tren fue revelador. Resolvió cuestiones que llevaban pendientes toda una vida. Conseguí respuestas por las que ya me había rendido. Aquel viaje fue uno a alta velocidad… y vaya si lo fue, parpadeé y la Tierra había dado una vuelta completa sobre sí misma. 

Durante tres lunas llenas superé la prueba de fuego. Me enfrenté a mi mismo. Me enfrenté a estar sólo conmigo mismo, algo que diría no había hecho aún desde que pisé este mundo. Me encontré cara a cara con alguien que necesita y siente, con uno que había estado esperando en silencio mucho tiempo resignado a que aquel silencio era a cuanto podía aspirar. Y es que las humanos somos seres sociales. Tratar con nuestros iguales es una necesidad. La locura es lo que nos espera de lo contrario. Ahora bien, en nuestra condición humana también está la probable incapacidad para autoadministrarnos placer. Cuando algo nos gusta, no hay término medio. Drogas, comida, amor… compañía.

Así crecemos sin saber cómo actuar cuando estamos solos. No tenemos herramientas ni conductas establecidas ante estas situaciones. Entonces, si eres tan afortunado de enfrentarte a ti mismo en algún momento de tu vida, cunde el pánico. Es horrible. El periodo de adaptación es terrorífico hasta el punto de llegar a creer que te vas a volver loco. Pero todo pasa.
Un día las voces cesan y el silencio deja de aterrorizarte. Es más, te arropa como si hubieras alcanzado el paraíso, como cuando una herida deja de escocer.

Aquel día, arropado en la cama, me di cuenta que tres meses habían sido suficiente para sentirme satisfecho por mi recorrido, para darme cuenta que durante toda mi vida me había equivocado y aquello no era cuanto quería. Y me sentí bien. Para nada decepcionado. Tampoco asustado. Porque equivocarse de vez en cuando, o muy a menudo, tampoco sabe tan mal. Sabe agrio. Algo así ácido que te hace salivar pero que te impulsa a repetir. Como cuando de pequeños mordemos un trozo de limón. Inexplicable.
Me llegué a sentir liberado. Aquella presión atenazadora que durante años se había instalado en mi pecho había desaparecido. Era silencio. Era libertad. Éramos, estábamos a solas.

Recuerdo que estaba aturdido. Ahora el recuerdo es subjetivo y está teñido de palabrería y arreglos estilísticos, pero estaba confuso. Había viajado 22 años a la velocidad de la luz hasta aterrizar en un soleado campo con un golpetazo seco que al recobrar la consciencia hizo que mis oídos pitaran. Fue una guerra declarada que había terminado. Una manifestación. Fue la revolución de mi persona. 

Encefalograma plano. Como en las pelis de médicos.
Me reanimaron y volví a la vida.

Era silencio.
Corrí nuevo y veloz a su encuentro. Ella valiente había cuidado de mí en secreto, en silencio. Sin que nadie lo supiera. Ni tan sólo ella. Hicimos un pacto que duraría toda una vida, la que ambos habíamos construido en nuestro sueño. 

Acostumbrábamos a sentarnos al anochecer para verlo desde la distancia. Lanzábamos maldiciones e inventamos un futuro en el que nos veíamos desde la otra parte del océano. Acabábamos cortando la historia a mitad. El final estaba demasiado lejos y esperar era arriesgarse demasiado. No estábamos preparados. Estábamos crudos.

Esta vez era distinto. Nos encontramos a nosotros mismos tres meses después construyendo una realidad. Ya no nos dedicábamos a futuros lejanos, sino a realidades deslumbrantes. Terminamos rápido. En silencio nos levantamos y retomamos el papel, protagonistas de nuestra propia obra. Ya conocíamos el final. Esta vez no era necesario esperar al anochecer.

Pero todos los días sale el sol. Y todos los días anochece. Hoy está anocheciendo. Tranquila, aún quedan algunas lineas de todo lo que escribimos aquella tarde.

Empiezo a escuchar silencio de nuevo. Curioso, ¿verdad?
Eso sólo puede significar una cosa: es momento de volver a empezar.

Sobre Fosters MK

Fosters MK
"De todo aquello de lo que no hablas. De todo aquello que no cuentas por no entrar en sentimentalismos". A.M.

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