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Oxígeno para respirar.

 


El sol impartía justicia aquella tarde.

Las cigarras protestaban ansiosas y los girasoles se habían rendido cansados de dar vueltas como tontos.

Cientos de margaritas bailaban sorteando aquella densa brisa que barría cualquier resto de valentía en el lugar.

Mientras tanto Sara esperaba sentada. Sobre ella, una pequeña caseta semiabierta – o semicerrada- a la que ella acostumbraba llamar “la pequeña pagoda de la estación”.

Aquellas eran tardes en un mundo que daba vueltas en sentido contrario. El silencio parecía ruidoso y la soledad era compañía suficiente para tomar aquel tren que parecía estar cada vez más lejos cuando ella volteaba su cabeza.

A unos cinco metros Pablo aguardaba de pie. Acudía cada tarde para dejarse atravesar por miles de rayos mientras veía pasar aquel tren sin respuestas.

Alguna vez pensó en montarse y perseguir esa bola luminosa que cada mañana asomaba por su ventana y le tentaba hasta que huía al anochecer.

Fue ella quien le llevó hasta la estación. Pero eso fue todo.

No cruzaron miradas. Ni tan siquiera una sola palabra.

Miles de horas compartidas esperando aquel tren al que parecían faltarle pilas.

Aquella tarde del 17 de julio, Pablo caminó unos cuantos pasos más. Cualquier vecino habría pensado que tenía un billete para montarse. Pero no había vecinos.

Tan solo campos de trigo, una larga vía de tren y dos extraños que esperaban.

Ella miraba la mayor parte del tiempo hacia el otro andén. Miraba con miedo a equivocarse. Le atemorizaba viajar sin rumbo y por ello, se sentaba sin sentarse. Con el trasero casi suspendido disipaba cualquier sorpresa de su futuro mas próximo.

Se agarraba a su pequeño bolso negro de piel y daba suaves golpes rítmicos sobre la gravilla del suelo con la puntita de aquellos tacones de boba.

Por primera vez en años, se sentó al lado de Sara. Aún quedaba el espacio de un asiento de hierro forjado de las mas largas esperas.

Ella permaneció impasible. Él estaba inquieto por aquello que iba a decir. Entonces la brisa se tornó físicamente tangible y cerró un poco más sus garras entorno al cuello de aquel par de libertadores.

Despegó sus labios y le dijo:

– Te deseo el mejor de los viajes. Ha sido un placer compartir todos estos años contigo el deseo de subir a este tren.

Ella le miró de reojo y permaneció impasible como las piedras de la vía que no se habían movido de allí desde que alguien las llevó.

Él volvió a la carga:

– Creo que debe resultarte complicado estar hoy aquí… ¿Qué digo? Sé que lo ha sido… todo este tiempo… En cualquier caso, lo dicho, mucha suerte. Ha sido un placer.

Él, arrastrado por su libreta viajera repleta de experiencias y vida, se levantó y emprendió el camino hacia la salida del andén. Una vez la pequeña caseta le hubo expulsado, el traqueteo de las vías anunciaron la llegada real del tren.

Sara, presa del pánico, se colgó el bolso y corrió tras aquel misterioso hombre que le había acompañado durante una eternidad en aquella estación sin trenes.

Aunque Pablo pareció no percatarse de la percusión del taconeo, ella le alcanzó y tiró de su americana gris a la altura del hombro.

– ¡Señor! ¡Disculpe, señor! -gritó asustada- ¿cómo sabe que podré montar al tren?

El señor, como ella le llamó, posó sus manos poco trabajadas sobre los estrechos hombros de la chica.

– Bonita, tan solo restan unos minutos. Noto miedo en tu voz, pero respira. Llevas toda una vida esperando este momento así que no se me ocurre ningún motivo por el que no puedas tomar ese tren.

– ¿Es el correcto? ¿Voy en la dirección adecuada? – a Sara le asaltaron las dudas. Se descomponía por momentos. Su pelo también bailaba y la brisa marcaba las pautas.

– Vas directa a estrellarte contra la vida. Hacia donde nadie viaja. Hasta el sol se esconde al anochecer en dirección opuesta porque sólo él sabe lo que le cuesta despertar cada mañana. Pero, ¿porqué has esperado en este andén cada día si tu casa esta al otro lado?

– No lo sé, un día vine y me senté a contemplar las flores que desde este lado se ven más bonitas.

– Entonces no hay mejor camino que el que tú has marcado. Ya sabes que este tren tan solo acude cuando le reclaman.

– Suba conmigo. Juntos podemos cuidar el uno del otro y todo irá bien…

Aquello último le robó una media sonrisa entrañable y una parte de su corzon rebelde y recién nacido un año atrás quiso obedecer sin rechistar.

– Ojalá… Sin saberlo ninguno de los dos, has cuidado de mí todo este tiempo. Pero yo ahora sé por donde sale el sol y desayuno con él cada mañana.

Despegó sus manos y dando media vuelta retomó su camino. El vendaval ya hacía volar aquel vestido negro de lunares blancos que tanto odiaba pero que guardaba un gran significado. La campana que anunciaba el descenso de las barreras del paso a nivel parecía acelerar el segundero.

El tren se detuvo frente a ella y con un chasquido abrió sus puertas. Por última vez, antes de subir le preguntó a gritos:

– Y entonces, ¿cómo supo que hoy sí vendría el tren?

El Sr. Pablo, como a partir de ahora se haría llamar, sin volver la vista atrás y escondiendo una mano en el bolsillo de la chaqueta le respondió:

– Preciosa, hoy los girasoles se han rendido, las margaritas bailan y tú llevas nuestro vestido. ¿Qué otra cosa podría pasar?

Tras de sí escuchó el cierre hermético de las puertas del tren. Éste le adelantó antes de que el señor hubiera abandonado el andén llevándose consigo a la chica más valiente de la estación.

“Mucha suerte. Te esperaré donde nace el sol siempre que lo necesites.” Susurró hacia dentro. “Felicidades, hoy es un gran día.”
Cabizbajo aunque con la felicidad de ver a la chica tomar las riendas de su vida, el señor de la estación desapareció tras la esquina.

Aún quedaban muchos rayos de sol que perseguir hasta el próximo amanecer.

Sobre Fosters MK

Fosters MK
"De todo aquello de lo que no hablas. De todo aquello que no cuentas por no entrar en sentimentalismos". A.M.

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